La noche, la que tu y yo sabemos. Ese momento cuando los dos nos metemos en la cama rápido muertos de frío, cuando empezamos a sentir el calor, ese calor humano que tanto hace falta en el mundo pero es especialmente mío, y sonrío por ser tan afortunada. Mientras me pides que apoye mi cabeza en tu pecho, escuchando los latidos acompasados de tu corazón. Hasta que cada uno se mueve hacia su lado después de unos cuantos besos y desearnos las buenas noches. Mientras yo deseo que te acerques a mi y me cojas por detrás, pasando tu mano por mi vientre, y justamente haces eso. Ese instante de felicidad, tan mísero pero para mi tan grande, me provoca una sonrisa. Aunque sonrío siempre que te siento junto a mi. Poco a poco dejamos de pensar y siento tu respiración en mi nuca, caliente. En un momento sin darnos cuenta nuestra respiración va al unísono, nos juntamos sin saberlo, de cada una de las formas, de estas formas tan bonitas que nadie se para a pensar. Y nos relajamos, tanto que entramos en coma, en nuestro coma de sueños, ahí es donde nadie está con nosotros, donde paseamos libres pero del mismo modo caminando juntos, invadidos por una felicidad plena de saber cuanto amor sentimos el uno por el otro. En ese momento no piensas en todo esto pero pasa. Al día siguiente te despiertas, giro la cabeza y ahí estas tú, aún dormido sin sentir, pero relajado. En ese momento sólo puedo pensar en la suerte que tengo de sentir que eres la razón de mi vida, en lo bonito que es tenerte, en tener ese calor humano que todo el mundo busca por este dichoso mundo, en la seguridad que me das para empezar un buen día y que salga bien, que salga muy bien. Estos son instantes de felidad eterna que no los cambio por nada ni por nadie en el mundo.
...lucha por todo aquello
que te saque una sonrisa**